domingo, 16 de noviembre de 2008

La geografía del amor, de John Cheever

Cuando tenía 16 años John Cheever fue expulsado de la escuela. Nunca más volvió y su próximo paso por un salón de clases ocurrió bastante tiempo después, cuando dio algunos cursos en universidades mientras era poco menos que una leyenda viviente.Hay un momento clave en la historia de cómo se convierte en escritor. Con 17 años, y es de suponer que con mucho tiempo durante el día, Cheever se decide a desmenuzar lo que ve como el hipócrita sistema educativo estadounidense. Y lo hace escribiendo un relato basado en su propia experiencia, distorsionando algo los motivos de su temprana salida del salón de clases.

El editor de la prestigiosa revista The New Republic, Malcom Cowley acepta su cuento y lo toma como la gema de un raro genio adolescente en un país propenso a tenerlos. No pasa el tiempo para que ese mismo joven se abra camino en otras dos prestigiosas revistas: la clásica entre clásicas The New Yorker y Esquire Magazine, luego, las dos publicaciones que adelantarían buena parte de sus mejores relatos, transformándose así en fuente de sustento para Cheever. Esto sucederá durante décadas, como queda de manifiesto en los Diarios, que hace dos años publicó Emecé en castellano, un libro que, por otra parte, incluye una dolorosa explicación del hijo de Cheever sobre los motivos que llevaron a su familia a autorizar la publicación de los papeles personales. En esa explicación se pone de relieve el valor literario de cada uno de los textos que se da a conocer, disolviendo lo poco de intimidad que sobre la vida del autor de Falconer quedaba, y también se mencionan algunas heridas no del todo cerradas, como su homosexualidad, su alcoholismo y el modo en que en sus textos íntimos Cheever trata a integrantes de su familia, despojado de los aires edulcorados con que la oralidad ahorra problemas al dueño de una boca.

Si bien ahora la obra de Cheever está en la cresta de la ola, y la casi totalidad de sus libros está traducida al castellano, esto también supone un problema, porque hay mucho y bueno por donde comenzar. Pero el caso es que hay, en particular, un pequeño libro que es una muestra exacta del Cheever escritor de relatos. Ese libro es La geometría del amor, una antología seleccionada por Rodrigo Fresán, también una especie de mapa para encontrar las coordenadas de los cruces entre obra y vida personal, ya antes de, llegado el caso, meterse de lleno con los Diarios, o con los Relatos I y II, que reúnen el pleno de los cuentos traducidos al castellano, que son muchísimos.

Aparte de constituir una destacable muestra de parte de su obra, La geometría del amor funciona también como una mini reseña emotiva y biográfica de los momentos en que esos cuentos fueron escritos. Así, la acertada maniobra revela varias claves del canon cheeveriano, a manera de introducción, en cada uno de los dieciocho textos que incluye. 

Los cuentos fueron escritos durante los años 1951-1973. Y, por decir lo menos, cumplen con creces con la premisa de Cheever a la hora de sentarse a escribir un relato: “la historia que te contás mientras esperás que te atienda el dentista”, una simple definición sobre un género, que omite la parte sustancial de la fórmula, a saber, el hecho de que no abundan quienes se puedan contar un gran cuento, afuera del consultorio de un dentista o de cualquier otro profesional de la salud.

Cheever, que llegó a despertar la admiración de Vladimir Nabokov y Truman Capote (no dudaron en elogiar su relato “El marido rural”, anteúltimo texto de la antología), fue una especie de crítico mordaz de su época, el período que va de los años treintas a los ochentas. Pero a diferencia de otros contemporáneos, como Raymond Carver, más volcados a un realismo entre trágico, decadente y desesperado, Cheever, que para nada se tapó los ojos, narró casi lo mismo, pero con una prosa “que parece cantar”, como define alguno de los críticos citados en La geometría…

Esto, que se asemeja a un detalle netamente estilístico, no lo es tanto, ya que se trata del motivo principal por el cual luego de terminar un relato suyo, se tiene la sensación de que el cuento sigue creciendo. 

Entre varias perlas, en el libro se destacan tres: El nadador (odisea paranoica de un tipo cortando camino a casa nadando por todas las piscinas del barrio); El enorme receptor de radio (mujer indagando la vida de su vecindario cada vez que enciende su, claro, receptor), y el citado El marido rural (micronovela en la que se intuye -o constata- la idea del film Belleza Americana -1999-, de Sam Mendes).                                                                                                                                                                                                                                                  

sábado, 8 de noviembre de 2008

Software sin fronteras

El gurú del software libre, Richard Stallman, estuvo en Buenos Aires y dio una charla a diputados nacionales, ahora que hay dando vueltas un proyecto de ley que normatizaría la utilización de los denominados programas de "código abierto" dentro del Estado.

Dijo cosas muy interesantes y que ahora están -como tantos otros debates- en un peligroso segundo plano. Son temas que tienen que ver con nuestra libertad, y con lo que otros pueden hacer con ella, acaso sin que nos estemos dando cuenta del todo. La discusión, en su nivel quizá más profundo, es la del acceso y la universalización del conocimiento. Y de todo lo democrática que Internet, en verdad, puede llegar a ser.

Entre la extensa e interesante charla que Stallman dio en Diputados y que publicó Página/12, me quedo con este concepto, que vertió al hablar en tono crítico de las corporaciones fabricantes de programas, y al defender lo que para él debería ser un derecho de todos a modificar, mejorar, copiar y utilizar con un criterio solidario cualquier programa:

“Nos impulsan a juzgar programas según criterios superficiales-prácticos, como la comodidad o la apariencia. El inconveniente es que la mayoría suele hacer caso omiso a otros asuntos fundamentales, como las preguntas ‘¿cómo afectará este producto a mi libertad personal?’ o ‘¿cómo influirá esto en la solidaridad social de mi comunidad?’”

Acá, la entrevista completa. 

El proyecto de ley que está en una comisión del Congreso.

Y acá les dejo el link de la fundación Vía Libre, que viene bregando por lo mismo que Stallman, y que lo invitó al país.                                                                                                                                                                                                                                                                                                            


jueves, 30 de octubre de 2008

El Poeta Azul

Hay títulos insuperables. "El Poeta Azul" es uno de esos títulos. No me pertenece. Y de ningún modo podría mejorarlo.

Me llegó en un texto, un documento de word, letras azules sobre fondo blanco. Un parte de prensa policial. Habla de un mayor de la policía de Neuquén: Víctor Andrés Elgueta.

De él alguien dice lo siguiente: ingresó a la fuerza en 1978 y más adelante, a partir de "la tibieza de su madre y la figura de su padre" tomó inspiración suficiente para "escribir en letras los sentimientos de su corazón". Esta conmoción, acaso una marca del destino, determinó que en 2004 comenzara a dar forma a sus primeros versos.

El propio mayor Elgueta se ofrece a sí mismo como testimonio viviente de lo que la poesía puede obrar en un hombre: "Yo antes saludaba a mi padre dándole la mano, ahora puedo acercarme, darle un beso y abrazarlo", confiesa con un desparpajo poco habitual entre sus pares de la fuerza.

Se ve que de chiquito, como ocurre en los predestinados al arte, hizo gala de sus aptitudes para la cultura: el parte policial dice: "incursionó en los escenarios improvisados de la escuela primaria, era actor que nunca faltaba y muchas veces el más esperado". "Sus maestros -sigue el texto-, se emocionaban cuando lo escuchaban".

Su prosa, y el ejemplar que la reúne, hablo de "La vida en poesía", sigue siendo para mí un misterio. No obstante, como adelanto, pude saber que "el quehacer diario en la fuerza policial, sus compañeros, los que están y los que partieron, son la fuente inagotable" que lo nutren y "lo inspiran a seguir escribiendo".

Alguien, al parecer un grupo de periodistas, o un hombre con pruritos injustificados para escribir en primera persona, dice en el mismo texto: "le preguntamos si estas historias, las que narra en sus poemas, lo tentaron alguna vez a cambiarles el final", sobre todo asumiendo que no son pocos los epílogos, los finales, que no terminan como "todos anhelamos".

Entregado de lleno a la huestes del realismo, Elgueta, firme, marca una postura que, como casi todas, son una autodefinición: "Las historias son tiempos vividos que empiezan y terminan, eso no se cambia", considera.

El mayor dice que es un "versificador", es decir, "el que tiene la capacidad de hacer versos y recitarlos" y, "explotando la observación y lo que le conmueve", hace algo con "lo que queda grabado en arrugados papeles blancos que nunca faltan en sus bolsillos".
                                                                                                                                                                                            

miércoles, 22 de octubre de 2008

Zeta Uno



Nadie parece conocer este lugar. Se llama Z1. Sí, Zeta Uno. No sé muy bien por qué. Debe ser el casillero que le tocó en suerte en la división catastral de la ciudad. La ciudad es Neuquén. El Zeta Uno es lo que será la ciudad dentro de unos años. La continuidad de la ciudad. Ahora no. Ahora parece un planeta en instancia de colonización. Marte, Mercurio, Júpiter, un lugar sin agua, con ráfagas radiactivas, terrosas, que te dejan las orejas llenas de arena y los dientes mascando cristales.

Hay espacio para unas 700 casas. Es la alternativa que te pueden llegar a ofrecer si cometiste el delito de tomar tierras fiscales o un espacio verde, si todos los días cortás una calle céntrica para decir que no tenés casa, que apenas podés darle de comer a tus hijos, que ahora crecen en una casilla de madera y nylon, como hicieron los que antes tomaron tierras en otros barrios, barrios con nombres que rinden culto a versículos de la Biblia, a movimientos revolucionarios, o a curas piolas que alguien no quiere olvidar, lugares que modificaron el mapa de la ciudad, sobre todo, en los últimos diez años.

Me costó llegar. Nos costó llegar. El Zeta Uno está arriba de una barda en la que trabajan un par de máquinas viales. El resto de los barrios que lo rodean parecen indiferentes a tanta expectativa de los futuros propietarios de las casas.

Primero le pregunté a un almacenero dónde quedaba el plan de viviendas que hacen en la barda. Y le dije Z1. El tipo, que hacía cuentas en una registradora viejísima, me miró como si le hablara de un chip o una alarma de autos. Le pregunté a una quiosquera que tenía todavía menos idea. Sí sabía donde estaba “la Cuenca”, como le dicen en esta parte de la ciudad a la Cuenca XV, el barrio ubicado justo debajo de donde están construyendo las casas.

¿Usted viene a la reunión?- me dijo una chica que parecía de 15, y que iba con dos nenitos de la mano, hermanitos o hijos, y le dije que venía a hablar con gente que estaba en la reunión, y ahí vi que a esa reunión, por fuera del marketing político con que había sido difundida a los medios, la esperaba gente de verdad hacía rato. (Sobre la gente de verdad hay cosas para decir. Sobre el periodismo hay cosas para decir. El periodista a veces se aleja de la gente. Voy a hablar de cuando lo hace por protección. No de cuando hace mal su trabajo estando lejos sin que le importe. Lo cierto es que un poco necesita estar lejos para poder contar bien lo que está viendo. Lo concreto es que esa distancia impuesta un tanto inconscientemente a veces se hace añicos. Queda en la nada. No se me ocurre otra explicación que la de un rostro que sea demasiado tierno, o la de ver un dolor extremo, como para desactivar esa coraza protectora que se acciona ante la fuerza con que se imponen algunos sucesos.) “Suba por ese camino”, me dijo la chica del rostro tierno, señalando una cortada estragada por la lluvia y las huellas de camiones pesadísimos. La tomamos, y ahí vimos una panorámica como la que está arriba de este texto.

Pero también vi a 400 personas siguiendo un ministro, en una dramática coreografía que me hizo acordar a los pingüinos cuando tienen frío. La forma en que se ponen uno al lado del otro para darse calor, cómo se mueven en bloque, cómo son, todos, tan uno solo.

No le perdían paso. Le pedían por favor que hiciera algo para evitar que también a ellos les vinieran a tomar las tierras (ya hubo intentos). Ellos no quieren una guerra de pobres contra pobres. Es más, no quieren ninguna guerra, le dijeron. Pero no le van a permitir a nadie que venga a quitarles lo que todavía no tienen pero ya es de ellos.

Después una mujer se largó a llorar. Imploró por tener una casa. Contó una historia terrible: en la trama de esa historia, una historia de carne y hueso, sobresalía la frase “lo único que quiero” y la palabra “casa”. Sólo esa certeza para sus hijos, no importa que sea acá, decía la mujer, sólo cuatro paredes, un techo y una ventana, aunque sea para ver desde adentro el viento blanco de los días como ayer.

Foto: Agustín Martínez

sábado, 11 de octubre de 2008

Juan Perugia quiere volver



Por primera vez en años me propongo ver una ficción argentina en la tele. Desde cero. Desde el capítulo inicial. Con ánimo de seguirla si lo que veo es bueno, me atrae, me gusta, no me desalienta, no me hace bostezar, ni mirar para el costado, ni decirme que estoy perdiendo el tiempo, para después entregarme a un zapping y dejar de darle oportunidades. Si mal no recuerdo, la última vez que me propuse tamaña empresa (la de resistir los embates del control remoto, animal con una vida oculta muy fuerte) fue con Okupas o con Tumberos. Después nunca volví a ver una ficción local como una autoimposición, con interés. Las que vi las vi por la mitad, empezadas, tras algunas recomendaciones a las que cedí a regañadientes. A veces me pasó que hice mal en seguir esas recomendaciones y otras lamenté no haber visto la serie en cuestión desde el inicio.

Como decía, ahora me lo vuelvo a proponer. El programa es Todos contra Juan (América; Martes, 22:30). Creo que en esto tuvo que ver la postergación en que Telefé sumió a la serie durante meses hasta que recién pudo salir al aire cambiando de señal. Es decir, hubo una evolución de la noticia: Gastón Pauls estaba haciendo una ficción, la actuaba él, tuve algunos detalles de la historia y después entré a sospechar conspiraciones que planchaban el estreno. Creo que por eso termino viéndola.

Juan, lo dicho, es Gastón Pauls. (Pauls no es un tipo que me interese particularmente. Tiene otros dos hermanos. Los dos hacen cosas interesantes. Sobre todo el más grande: Alan, a quien tiempo atrás entrevisté, y es uno de los escritores imprescindibles si nos ponemos a analizar el panorama actual de las letras argentinas. El otro, Nicolás, me sorprendió hace poquito. Está conduciendo un gran programa: se llama LP, va por la Televisión Pública, no recuerdo bien qué días, y cuenta, mediante entrevistas y anécdotas imperdibles, la historia de las canciones y discos fundamentales del rock argentino. También hace un poco lo que su hermano Gastón ha hecho durante los últimos meses: mostrar su rostro bonito y contar una historia y sacarle un par de suspiros a chicas que miran la tele con la luz apagada mientras abrazan un almohadón.)

Entonces: Todos contra Juan cuenta la historia de un actor (Juan Perugia) que fue una estrella juvenil de la tele. Ya no lo es más. Quedó postergado en el olvido. En algún momento fue parte de un hito histórico de la televisión para adolescentes. Pero después de eso no pudo reciclarse. Juan Perugia es un rostro perdido en la vaga y fulminada memoria colectiva de los enfermados por la tele de los noventas. Pero así y todo quiere volver. Es un gran mentiroso y se niega a reconocer una derrota (la del latigazo del olvido) que le sucedió hace una década. Mientras sus compañeros de generación ahora son figuras consagradas, Perugia da clases de teatro a nenes a los que trata con un rigor académico del que no puede hacer gala en el mundo adulto, nenes a los que quiere develar el secreto de la actuación, posibilidad desde el vamos vedada para él, algo que barre debajo de la alfombra del autoengaño, lo que le permite ver una especie de luz a la que aferrarse para volver del ostracismo.

Pauls lo interpreta muy bien. Lo cierto es que no creo que a Pauls le cueste mucho hacer ese papel.

La serie, en su primer capítulo, jugó con ciertos mecanismos del cine documental. Y sin serlo ni por asomo, tiene un dejo de reality show: después de todo cuenta la historia de un actor, y la de otros actores que hacen de sí mismos dentro de una tira de ficción, como Mariano Martínez, Julieta Díaz y Cecilia Dopazo, entre otros que desfilaron por el capítulo inicial. Por caso, Chiche Gelblung desentraña desde el presente la historia del programa por donde pasó Perugia/Pauls, y hay entrevistas a sus ex compañeros. Todo queda en ese terreno un tanto impreciso pero atrayente en el que hay cierta convergencia entre lo ficticio y lo real.

Vale decir que como mecanismo narrativo está bueno, pero por ahora la serie sólo se remitió a describir un personaje y sumar una seguidilla de gags que surten efecto pero que, todavía, no son el componente esencial para la construcción de una historia, que es el desafío que la tira debe superar en los próximos capítulos (hay doce previstos a razón de uno por semana) para no ser presa del efecto Perugia, para no quedar en el olvido rápido y convertirse en una suerte de paradoja.
                                                                                                                                                               

jueves, 9 de octubre de 2008

and the winner is...


 
El Nobel, para el francés Jean Marie Le Clezio.
                                                                                                                 

miércoles, 8 de octubre de 2008

Naomi, los ceramistas y el fin del mundo



Hace poco los obreros de la Cerámica Zanon me contaron una historia. Pasó hace algunos años. Cinco, seis. Ellos se las rebuscaban para hacer funcionar la fábrica, cuando un día llegó a Neuquén una canadiense piola, curiosa, preguntona. No venía sola. Estaba con su esposo, que la acompañaba a todas partes. El caso es que los dos no paraban de hacer preguntas y mostrarse interesados por lo que los ceramistas estaban haciendo. La canadiense se metía en la fábrica, iba a las marchas, los filmaba, los miraba tomar mate con curiosidad antropológica. Ellos la dejaban hacer con algo de descuido. Era inofensiva, y estaban más preocupados por evitar los sucesivos intentos de desalojo y obtener el respaldo de la justicia para manejar la fábrica.

Hacía varios días que la canadiense daba vueltas por las instalaciones del Parque Industrial cuando una periodista los llamó y les preguntó: “Che, ¿Naomi Klein está en la fábrica?”

Ellos, dubitativos, contestaron que efectivamente había una mujer cuyo nombre sonaba así y que hacía algunos días que los acompañaba a todos lados. Aceptaron que para ellos era una perfecta desconocida. Recién entonces supieron quién era, que tenía un libro (No Logo) que era de cabecera en buena parte del mundo para todo globalifóbico que se preciara de serlo, y que era hora de hacerle un buen asado, darle un poco más de bola, algo que, entre risas, ahora reconocen haber hecho tras la advertencia, no sin una buena dosis de cholulismo.

Klein, ahora que, según nos dicen, el mundo se cae a pedazos, se hizo preguntas interesantes en una nota publicada días atrás en La Nación.
                                                                                                                                         

martes, 7 de octubre de 2008

No ver



José Saramago me parece un gran escritor. Pero no lo sigo con pasión enfermiza como me ocurre en otros casos. Leí algunos libros suyos. Se sabe, recibió el Nobel (1998), dice cosas interesantes. Quizá como pocos escritores se atreve a hablar del mundo. Del orden político imperante. De los grandes temas que siempre se postergan. Los derechos humanos, el medioambiente, la pobreza a escala global. Esa conciencia muestra Saramago en sus entrevistas, que suelen estar ambientadas en su casa, en una isla oscura y volcánica donde vive y escribe. Todavía sabiendo la calidad de escritor que Saramago es, puesto a elegir me inclino por otro tipo de autores. Tengo claro que Saramago es un escritor en la plenitud de sus facultades. Un prodigio de narrador contando como quiere la historia que quiere. Con eso me alcanza.

Hay un libro suyo que en especial me parece de lo mejor que escribió. Ese libro es Ensayo sobre la ceguera. Una crítica o una alegoría de la condición humana de nuestros días. Cómo el mundo se saca los ojos a sí mismo por lo que sea, si se encuentra en aprietos, si se trata de subsistir.

Me entero de algo: esa novela ya se estrenó en los cines. El director es Fernando Meirelles, un brasileño que hizo buenas películas, y se animó a llevar el libro a la pantalla grande.

Lo cierto es que a partir de la adaptación de su novela al cine, Saramago viene recibiendo una serie de críticas. Sin ver la película (todavía), supe, leí, que una asociación de ciegos de EE.UU. cuestiona cómo se muestra a las personas que no ven en esa película. Digo "personas que no ven" porque, como ya saben los que leyeron el libro, los personajes no son ciegos, por decirlo de un modo un tanto burdo, 100%. Quiero decir: no nacieron ciegos o heredaron esa condición. Un día, por una plaga, por un virus, se van quedando, terrible e inexorablemente, sin ver, o viendo una tenue luz blanca, como la que veía Víctor Sueiro al final del túnel. Antes vieron. Un día dejan de hacerlo para tener sólo la percepción de ese blanco borroso. Saramago no se mete con quienes padecen algún tipo de discapacidad congénita o de cualquier otro tipo.

Este reclamo que ahora le hacen al portugués, que motivaría un boicot contra la película, me recuerda una vez más el escabroso tema de las críticas que se hacen a una obra de arte. Para ser más preciso: me recuerda el tipo de cuestionamientos relacionados a cómo piensa un artista dentro de una obra, algo que por contraste, es una directiva sobre lo que debió decir. Y también: un intento de erradicar una diferencia, más que un desacuerdo crítico y estético.

Creo que hay escritores y directores de cine que viven y se equivocan como cualquier persona. Acaso, de conocerlos personalmente, uno terminaría odiándolos. Y acaso también uno está en desacuerdo con lo que dicen. Esto por un lado. Por otro lado están sus obras, artefactos con vida propia y portadores de un pensamiento político, que la mayoría de las veces llega por añadidura. Detectarlo suele depender de las lecturas que soporte una obra y de sus lectores o espectadores.

Me parece, en definitiva, que no ver, también, es pedirle a la ficción las respuestas que retacea esa cosa ambigua y temblorosa que es la realidad. Esto, en última instancia, habla bien de la ficción objeto de esos dardos envenenados: una obra puede ser tan buena que hasta les sirve a otros para tratar de imponer una moral que le es totalmente ajena.
                                                                                                                                                          

miércoles, 1 de octubre de 2008

martes, 30 de septiembre de 2008

Cuenta regresiva

Faltan 29 días para que debuten los Spurs y un día menos para que arranque la NBA. Pero para verlo a Manu con la número 20 habrá que esperar casi dos meses más. Nótese que el clima parece haber cambiado en San Antonio. Y lo que en un primer momento fue casi un drama (por las conjeturas sobre cómo responderá el tobillo de Emanuel luego de su lesión en los Juegos Olímpicos de Beijing, que además congelaron la renovación de su contrato) ahora es una "bendición" que tal vez le permita estar fresco para cuando comiencen los partidos en serio.                                                                                                                             

lunes, 22 de septiembre de 2008

Monstruos

Antes de ahorcarse en su casa el 12 de septiembre pasado, a los 46 años, David Foster Wallace ya había definido cómo es ver un libro durante el proceso de escritura. Ese momento en el que un cuento o una novela forma parte de algo así como la Hermandad de Los Hijos Deformes.

                                                                                                                                                                              

sábado, 20 de septiembre de 2008

Vida y literatura




Los libros no le dan de comer a quienes los escriben. En la mayoría de los casos; nada que no se sepa. Pero hay algo de lapidario en ver junta a tanta gente importante e interesante (incluida Macky Corbalán) describiendo cómo hace para compatibilizar su tiempo de escritura con lo que sea que hagan para pagar el alquiler o las cuentas del híper.

La idea de vivir de la literatura para la mayoría de los escritores argentinos describe la relación que mantienen con sus libros y los de otros, un intercambio de energía que les permite evitar el pozo donde se internarían si dejaran de escribir o leer, y no el momento en que perciben sus derechos de autor.

Como verán quienes linkeen la encuesta de arriba, en el sitio El Interpretador se pueden encontrar otras maravillas que hablan de la vida en la literatura.
                                                                                                                                                                                          

                                                                                                                                                                                

viernes, 19 de septiembre de 2008

Exhibición de atrocidades



Antes, no hace tanto, ir al consultorio de un dentista era, ante todo, una visita cargada de incertidumbres y ambigüedades que se resumían en una amenaza titilante en neones rojos: la posibilidad del dolor.

También pensar en esa consulta era pergeñar una sumatoria de pretextos con el objetivo de desecharla. Es decir, pensar en un dentista era en verdad trazar una estrategia repleta de obstáculos dudosos para lograr no verlo. Esa estrategia por lo general se supeditaba a la semana previa: una cuenta regresiva que terminaba en el momento en que, después de abrirse la puerta de entrada al consultorio, porque hay puertas que tienen vida propia, y se abren solas con sordidez insuperable, una nube aséptica con olor a instrumentos esterilizados y un salón limpísimo provocaban un primer extrañamiento que podía terminar o no en estornudo.

Las palabras “caries” y “anestesia” formaban parte de un mantra que resonaba casi de forma automática desde el momento mismo en que una secretaria la mayoría de las veces gorda y vestida con delantal rosado, que profería reprochables diminutivos a niños y grandes por igual, dictaminaba una fecha y una hora para la visita, lo que preanunciaba el ingreso a la recta final de los suplicios.

Entrar al dentista era y es también entrar a una sala repleta de revistas vetustas, ofrecidas como un desinteresado plan de evasión, cuando en realidad eran y son más el camuflaje perfecto para la patada punzante de un nervio molar que el atenuador inocente para una espera prolongada.

Como se sabe, nada ni nadie puede con el zumbido de mosca eléctrica de un torno odontológico, ni con el espacio que lo amplifica, el del consultorio, que es el espacio de la indefensión, de la soledad y el desamparo del paciente, ya que ir al dentista también es ir a una entrega.

Eso, sin embargo, era antes, hasta hace poco. Porque el velo de rituales previos, misterio y vacilaciones que desalentaba un tratamiento de conducto al que de todos modos se terminaba accediendo, tiende a volverse ahora, como tantas otras, una práctica pública.

Como en esas películas de terror desaconsejadas para pacientes con riesgo cardíaco (que incluyen en cada fotograma como posibilidad para el espectador la de un ataque de epilepsia, la exacerbación de la sangre, el estampido artero sin preanuncios, la traición del monstruo bobo rompiendo en velocísimos primeros planos, sólo porque sí –el relato como sólo eso–, algo que tal vez quiera decirnos que el terror ocurre todo el tiempo y en todos lados, y que eso sí no debería ser una sorpresa), ir al dentista también quedó despojado de misterios.

Alcanza para saberlo con caminar por la calle, ver varias vidrieras hasta dar, a plena luz del día, detrás de otra vidriera, la ventana de un consultorio con una persiana americana, y fragmentado por cada tramo de ella, con el rostro desfigurado del paciente, que se muestra impune a la calle, a la vereda, como invitando a presenciar la consulta, como atroz estrategia publicitaria del dentista, y hasta como invitación a entrar y sacar un turno, un rostro de paciente más que visible desde la calle, con el torno dentro de la boca y unas luces de nave espacial encegueciéndolo desde arriba. Esta vez, sin el sonido del torno audible, porque acaso en la ausencia de ese zumbido se resuma la última reserva de privacidad a la que tenga derecho lo que queda de la civilización.
                                                                                                                                                                                 

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El escritor a escena

Dos artículos de dos grandes medios masivos de comunicación traen a colación una vez más el Tema del Escritor. En España dicen que buena parte de la literatura que se publica lleva la marca distintiva del “yo” de quienes la escriben. Esta tesis sostendría que las novelas, cuentos y relatos que publican las grandes editoriales y no tanto abundan en tics biográficos de esos autores. La vida como saco donde meter mano para salir con una idea y contar algo.

El otro artículo (click acá), publicado en el suplemento cultural de mayor circulación del país, lo que no debería significar nada más que eso, tiene una vuelta de tuerca un poco más interesante: el escritor como centro de la escena, como individuo, en muchos casos, más preocupado por participar en lecturas, instalaciones y debates, y no tanto como constructor de una obra. Esta nota me hizo pensar en un escritor que sería casi un actor en el sentido hollywoodense del término.

Uno que, llegado el caso, elegiría subirse a YouTube a sí mismo en un rapto casi histérico, para luego escandalizarse, con desparpajo, mientras se mira con sus escritores amigos en una notebook, en un bar.

El primero de los dos artículos tiene cierto tufillo a etiquetamiento predecesor del lanzamiento de una colección. Las escrituras del “yo”, esa vertiente de autores que tomarían la propia vida como onda expansiva para su escritura, son parte de una discusión cuyos estertores podrían seguirse en los suplementos literarios europeos de los últimos años.

El tema central, pienso, es determinar la cuota de veracidad de esas etiquetas: después de todo, parece difícil para la mayoría de los lectores saber qué hizo un escritor en los veinte años previos a terminar una obra, si bien hay voces y escrituras poderosas que casi obligan a preguntar por la biografía de determinados autores porque eso que nos están contando está tan bien que no puede ser otra cosa que cierto. En todo caso, también está el tema de por qué sería interesante encasillarlos, cuando lo importante se resume, básicamente, en una pregunta: ¿es o no literatura lo que nos ofrecen?

Y por otra parte, además de los libros, ¿a qué otra cosa puede recurrir un autor cuando se sitúa frente a un teclado o una hoja de papel, que no sea su vida o la de los millares de personas que pueden rodearlo, esos otros “yo” iguales a él cuyas historias ahora tiene a un click de distancia?

Por último van, como yapa, otras dos notas: una del autor argentino Gonzalo Garcés (1974), que ensaya una explicación de por qué precisamente a los escritores argentinos no les gustarían los españoles y viceversa, y otra sobre las editoriales y los modelos de circulación de libros en Argentina, un debate del último fin de semana en Buenos Aires, que contó con la participación de Fabián Casas, en un ciclo organizado por Interzona, titulado Talando + Árboles.                                                                                                                                                                                                 

viernes, 12 de septiembre de 2008

Era el Cielo, de Sergio Bizzio

Sergio Bizzio (1956) es de esos escritores a los que se llega con desconfianza. La desconfianza que se tiene cuando la crítica, al hablar de un escritor, es masiva y uniformemente buena. Cuando muchos salen a decir de un libro que es excelente, que es de lo mejor que se publicó en el año, que pertenece al autor del momento, en fin, ese tipo de cosas. (A veces se dicen otras cosas: una vez, desconcertado, leí en la vidriera de una librería: Fulano de Tal: el mejor escritor argentino. Una faja roja como las que ponen después de los accidentes de tránsito le daba la vuelta a un libro con esa inscripción en letras negras sobre rojo. El libro es de otro escritor argentino -interesante por cierto-, pero lo más importante al ver la faja roja con esa frase era la imposición que operaba la editorial que lo publicaba: la posibilidad de que, definitivamente, la obra de un escritor pudiera medirse como la carrera del ganador de los 100 metros en Beijing.)Esa desconfianza tuve al comprar mi primer libro de Bizzio, que además es director de cine, dramaturgo y pintor. Como cineasta optó por el valiente, tortuoso e inestable camino de contar lo que quiere. Es un tipo sufrido en cuanto a posibilidades de circulación, producto de elegir temas que escapan a la lógica plín-caja de las corporaciones que estrenan sus tanques en salas suntuosas, allí donde reina el pochoclo y los padres llevan a llorar a sus bebés. Ese primer libro que leí de Bizzio, que se consigue en cualquier librería, es Era el cielo (Interzona; 2007). Supe, cuando leí la solapa, que había visto una película suya: Animalada (2000). Ahí cuenta la historia del amor entre un hombre y una oveja. Es también la historia de un adulterio. El hombre elige a la oveja en lugar de su mujer, una pintora cuyos cuadros plagian los tormentosos autorretratos de Frida Kahlo, a los que agrega su perfecto rostro de desconocida. La película es buenísima, y una de sus mejores escenas los muestra a los dos, el protagonista y la oveja, en un establo, a punto de hacer el amor, él imbuido en el paroxismo, y Fany, la oveja, mirándolo trémula y perdida a un tiempo, con ojos que todo pueden significarlo.Se ve que no conforme con hacer una gran película, Bizzio se puso a escribir grandes libros. Era el cielo es uno de ellos. Narra la historia de un guionista de televisión que fluctúa entre el amor y el desamor a su ex esposa, con la que comparte un hijo, y a su pareja actual, otra guionista, hiperactiva, repleta de trabajo y creatividad, algo que no hace otra cosa que devolverle al narrador, por contraposición, un espejo constante donde observarse.Y el problema es que al observarse lo que ve es un tipo que en cualquier momento puede perder el empleo, que tiene cuentas sin saldar de su pareja anterior, que ama a su hijo (con el que no vive), y que quiere, entre otras cosas, poder escribir bajo cierta estabilidad emocional. Nada del otro mundo: poder pagar las cuentas y dormir medianamente bien.Más allá de la historia, que incluye una primera escena con una violación contada de forma meticulosa y proverbial, y que es de los mejores inicios de la historia de la literatura argentina (suena exagerado pero cualquiera puede comprobarlo leyendo el libro), lo mejor de la novela es el estilo. Bizzio escribe con una simplicidad apabullante, con una prosa diáfana y engañosamente natural. Y está el cine. En el detalle de las descripciones, y en los diálogos. Bizzio no tiene blog. Es de la generación de escritores que ahora andan por los 50 años. Junto con Alan Pauls y Daniel Guebel, entre otros, es parte de ese grupo de escritores a los que les tocó el pesado lastre de ver cómo escribían después de los setentas, tratando de hacer algo para que no los dejen pegados a los íconos del boom, y en el camino, inventarse una escritura. Bizzio es de los que mejor lo lograron.
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Era el Cielo, de Sergio Bizzio

Sergio Bizzio (1956) es de esos escritores a los que se llega con desconfianza. La desconfianza que se tiene cuando la crítica, al hablar de un escritor, es masiva y uniformemente buena. Cuando muchos salen a decir de un libro que es excelente, que es de lo mejor que se publicó en el año, que pertenece al autor del momento, en fin, ese tipo de cosas. (A veces se dicen otras cosas: una vez, desconcertado, leí en la vidriera de una librería: Fulano de Tal: [i]el mejor escritor argentino[/i]. Una faja roja como las que ponen después de los accidentes de tránsito le daba la vuelta a un libro con esa inscripción en letras negras sobre rojo. El libro es de otro escritor argentino -interesante por cierto-, pero lo más importante al ver la faja roja con esa frase era la imposición que operaba la editorial que lo publicaba: la posibilidad de que, definitivamente, la obra de un escritor pudiera medirse como la carrera del ganador de los 100 metros en Beijing.)Esa desconfianza tuve al comprar mi primer libro de Bizzio, que además es director de cine, dramaturgo y pintor. Como cineasta optó por el valiente, tortuoso e inestable camino de contar lo que quiere. Es un tipo sufrido en cuanto a posibilidades de circulación, producto de elegir temas que escapan a la lógica plín-caja de las corporaciones que estrenan sus [i]tanques[/i] en salas suntuosas, allí donde reina el pochoclo y los padres llevan a llorar a sus bebés. Ese primer libro que leí de Bizzio, que se consigue en cualquier librería, es [i]Era el cielo[/i] (Interzona; 2007). Supe, cuando leí la solapa, que había visto una película suya: [i]Animalada[/i] (2000). Ahí cuenta la historia del amor entre un hombre y una oveja. Es también la historia de un adulterio. El hombre elige a la oveja en lugar de su mujer, una pintora cuyos cuadros plagian los tormentosos autorretratos de Frida Kahlo, a los que agrega su perfecto rostro de desconocida. La película es buenísima, y una de sus mejores escenas los muestra a los dos, el protagonista y la oveja, en un establo, a punto de hacer el amor, él imbuido en el paroxismo, y Fany, la oveja, mirándolo trémula y perdida a un tiempo, con ojos que todo pueden significarlo.Se ve que no conforme con hacer una gran película, Bizzio se puso a escribir grandes libros. [i]Era el cielo[/i] es uno de ellos. Narra la historia de un guionista de televisión que fluctúa entre el amor y el desamor a su ex esposa, con la que comparte un hijo, y a su pareja actual, otra guionista, hiperactiva, repleta de trabajo y creatividad, algo que no hace otra cosa que devolverle al narrador, por contraposición, un espejo constante donde observarse.Y el problema es que al observarse lo que ve es un tipo que en cualquier momento puede perder el empleo, que tiene cuentas sin saldar de su pareja anterior, que ama a su hijo (con el que no vive), y que quiere, entre otras cosas, poder escribir bajo cierta estabilidad emocional. Nada del otro mundo: poder pagar las cuentas y dormir medianamente bien.Más allá de la historia, que incluye una primera escena con una violación contada de forma meticulosa y proverbial, y que es de los mejores inicios de la historia de la literatura argentina (suena exagerado pero cualquiera puede comprobarlo leyendo el libro), lo mejor de la novela es el estilo. Bizzio escribe con una simplicidad apabullante, con una prosa diáfana y engañosamente natural. Y está el cine. En el detalle de las descripciones, y en los diálogos. Bizzio no tiene blog. Es de la generación de escritores que ahora andan por los 50 años. Junto con Alan Pauls y Daniel Guebel, entre otros, es parte de ese grupo de escritores a los que les tocó el pesado lastre de ver cómo escribían después de los setentas, tratando de hacer algo para que no los dejen pegados a los íconos del Boom, y en el camino, inventarse una escritura. Bizzio es de los que mejor lo lograron.
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