viernes, 26 de junio de 2009

Y dale con Saccomanno (pero bien)

El periplo de Guillermo Saccomanno en Neuquén, sobre quien escribí en el post anterior, pueden seguirlo acá, con una muy buena crónica que incluye una charla sobre literatura con presos de la Unidad 9 y otra con Sandra Rodríguez, la compañera de Carlos Fuentealba.

                                                                                                                                                                                                      

Trabajo y Literatura

Guillermo Saccomanno es uno de esos escritores que entienden la literatura, además, como una herramienta política. Le hice una entrevista para el diario, y lo escuché pasar de Dostoievski y la Nueva Narrativa Argentina, a los Montoneros, el ERP, el peronismo, el campo popular, a los nombres y prontuarios de ex represores con nombres agrios que en sus palabras parecen serlo todavía más.

En la breve charla que mantuvimos me contó una historia que yo conocía en parte: hace como 30 años hizo la colimba en Junín de los Andes. Ahí conoció a Orlando "Nano" Balbo, un docente que ahora milita en la Central de Trabajadores Argentinos. Nano y Saccomanno me contaron cómo eran sus días en el regimiento de Junín. Eran unos soldados superpolitizados. Una imagen poco habitual si se la compara con el lugar común que quedó como imperativo de la época: pibes flacos y muertos de frío corriendo de un lado a otro, porque eso los disciplinaría en la respuesta torpe y automática a órdenes igual de torpes y automáticas. 

Se la pasaban hablando de política, a la noche, después de las guardias, y hasta cuando estaban de franco, dentro del cuartel, porque la verdad es que no había mucho para hacer afuera de las paredes heladas detrás de las cuales pasaban sus días y en el tiempo libre optaban por quedarse dentro del regimiento.

El caso es que los dos amigos dejaron de verse tiempo después de la conscripción. Saccomanno incluso llegó a pensar que Nano estaba desaparecido. No es un pensamiento infundado: después supo que Nano estuvo detenido en un centro clandestino y fue torturado por la dictadura militar. (Lo interesante es que, primero, Saccomanno intuye eso por contexto: no tenía datos fehacientes de que fuera así, pero le bastaba mirar un poco lo que pasaba, y pensar en los que ya dejaban de estar para arribar a la conclusión.) 

En este punto, la historia tiene un bache de más de treinta años. Saccomanno estudió Letras. Siguió leyendo a conciencia, como cuenta, leyó toda su vida. Se puso a escribir. Después, un día, en una feria del libro en San Martín de los Andes, una persona viene y le dice a él, un narrador con cierto prestigio en las letras argentinas: "Te manda saludos el Nano". Ahí se enteró de que su ex compañero de la colimba seguía con vida. 

Poco después se encontraron y trataron de dejar de lado la borrachera melancólica del recuerdo. En su lugar, pensaron en una convocatoria que los rescata a ellos como esos dos que fueron cuando dejaron de verse: todo aquel trabajador que tenga una historia para contar, que la escriba. El que no la pueda escribir, porque no sepa leer o escribir, que le pida a alguien que se la escriba. "El mundo del trabajo", se llama la convocatoria, a la que no quieren decirle concurso. La CTA elegirá unos textos y los publicará, en un libro y en sitios de internet. "Tenemos que desacralizar la escritura. Hay que bajar la literatura del pedestal. Hay que recuperar la palabra como forma de construcción de la identidad de los trabajadores por ellos mismos", dice Saccomanno.             

                                                                                                                                                                               

viernes, 19 de junio de 2009

El paso del tiempo

"El escritor no sabe, en el fondo, si fracasó o tuvo éxito. La popularidad de un libro no quiere decir nada. Al final, cada escritor sabe que con el tiempo se decide si ha fracasado o no. Todo escritor se queda con cierta angustia. Por lo menos eso sienten los escritores que no se han vuelto estatuas y empiezan a tronar olímpicamente -como las estatuas-. Yo no quiero llegar allá nunca, porque los que no llegan a ese estado tienen respecto a su obra esa incertidumbre de si pasará la prueba del tiempo. Si significará para otros en el futuro lo que para uno significaron los grandes libros que le cambiaron la vida."

Mario Vargas Llosa, en una entrevista publicada en el diario colombiano El tiempo.

domingo, 14 de junio de 2009

Vuelta por el universo



El otro día tuve algo así como una regresión. Estaba haciendo zapping, antes de irme a dormir, los ojos rotos, el cuerpo cansado, cuando entre canal y canal me sorprendió la imagen de una nebulosa perdida del espacio exterior y la voz de un hombre.

No sé qué nebulosa era, pero al hombre lo reconocí enseguida: Carl Sagan. Su relato, la voz en off, se adentraba de apoco -como para no asustar a nadie- en no sé qué misterio recóndito.

Sagan marcó a todos los que hoy tenemos más de 30 años con su serie Cosmos.

Cuando yo andaba por los siete u ocho, mi viejo y yo nos sentábamos frente a la tele (a mi viejo le encantan las historias de extraterrestres, los enigmas arquitectónicos como la construcción de las pirámides de Egipto, los relatos populares de descabezados irrumpiendo en caminos perdidos de la Patagonia) y así una vez por semana mirábamos, maravillados, la andanada de constelaciones, de cometas, que Carl Sagan comentaba para nosotros, con la sorprendente sabiduría del que te simplifica los caminos para acceder a los conocimientos más inexpugnables, del modo más sencillo.

Pasaron como veinte años para que volviera a verlo. La buena noticia es que Cosmos sigue siendo tan buena como entonces. Ahora la dan por el excelente canal Encuentro (jueves a las 23). La otra opción es internet: haciendo click acá, pueden acceder a una serie de capítulos, todos traducidos al español.

Ahora puedo ponerle palabras a algo que cuando niño experimentaba bajo la forma de la sopresa o la incredulidad: disponiendo de varias opciones para decir las cosas, máxime siendo un especialista de renombre, Sagan conmovió a su público doblemente: con la dimensión científicica de lo que decía y con la belleza (con la poesía) de sus revelaciones.
                                                                                                                           
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