Más sobre las tensiones entre periodismo y verdad, esta vez vía el blog de Roberto Guareschi, que disecciona en un artículo impecable el significado de ser un periodista en la era digital, y explica el alto precio que pagan los medios (y sus lectores) por la instantaneidad entre noticia y publicación.
Me lo recomendó Guillermo Berto, periodista del diario Río Negro y editor del gran blog Fuera del Expediente.
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lunes, 22 de marzo de 2010
sábado, 20 de marzo de 2010
Bolaño y los Lakers
"Phil Jackson, entrenador de los Lakers en la NBA, preparó una larga lista de libros para repartirlos entre sus jugadores, durante la gira de su equipo por el Este de los Estados Unidos, según el twitter de Jeanie Buss, esposa del DT, quien fuera novia del ex tenista John McEnroe y también modelo de la revista Playboy. De acuerdo a lo que twitteó Jeanie, el DT escogió para el español Pau Gasol, el libro "2666", obra póstuma del chileno Roberto Bolaño, que cuenta con más de mil páginas."
Publicado en el Archivo Bolaño (sí, otra vez Bolaño), donde pueden encontrar ensayos sobre su narrativa, además de algunas entrevistas y extractos de su poesía.
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Publicado en el Archivo Bolaño (sí, otra vez Bolaño), donde pueden encontrar ensayos sobre su narrativa, además de algunas entrevistas y extractos de su poesía.
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Quemando teclados
Verdad y periodismo
“Todos los cronistas cometemos errores. La obra de Kapuscinski no desmerece ante inexactitudes fácticas circunstanciales. Su método de trabajo era claro: escribía libros a partir de recuerdos lejanos. Las notas enviadas a la prensa polaca le servían de cantera para lo que en verdad le interesaba: reportear su memoria. ¿Era "el mejor periodista del siglo XX", como se le llamó, o "el enviado especial de Dios", como lo bautizó John Le-Carré? Por supuesto que no. Kapuscinski no conseguía exclusivas ni daba noticias. Su técnica era proustiana: reconstruía el tiempo y se concentraba en complejas formas de comportamiento. La nitidez con que retrata los usos del poder en Imperio o El Emperador no se ve empañada por la previsible inseguridad de su memoria. La fama es siempre un malentendido. El problema de Kapuscinski está en su contexto, en el mito de que fue el hombre mejor informado antes de Internet.”
Juan Villoro, acerca del pequeño escándalo que, cuando pasen los años, no opacará la obra de Ryszard Kapuscinski, uno de los más grandes cronistas del siglo XX, a propósito de la publicación de una biografía que expone que “el reportero de guerra habría acomodado muchas veces datos y situaciones a su arbitrio”, como se sonroja Ñ de hoy.
Se me ocurre pensar que esas supuestas tergiversaciones de la realidad acaso tengan una cuota de verdad mayor que cualquiera de las operaciones de prensa que trepanan por estos días el sentido común del argentino medio, si tal individuo existiera.
El resto del artículo de Villoro, click acá.
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Juan Villoro, acerca del pequeño escándalo que, cuando pasen los años, no opacará la obra de Ryszard Kapuscinski, uno de los más grandes cronistas del siglo XX, a propósito de la publicación de una biografía que expone que “el reportero de guerra habría acomodado muchas veces datos y situaciones a su arbitrio”, como se sonroja Ñ de hoy.
Se me ocurre pensar que esas supuestas tergiversaciones de la realidad acaso tengan una cuota de verdad mayor que cualquiera de las operaciones de prensa que trepanan por estos días el sentido común del argentino medio, si tal individuo existiera.
El resto del artículo de Villoro, click acá.
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Periodismo
viernes, 19 de marzo de 2010
Con Dios y con el Diablo
Mario Favole me invitó a hacer una columna semanal en su programa de la radio FM Antena Libre, de General Roca. Va de lunes a viernes, de 10 a 12. En principio voy a salir los martes, poco después de las 11, por teléfono.
Los criterios de la columna son absolutamente discrecionales y poco calculados. Favole, en un acto de generosidad poco común, además de invitarme, me concedió una total libertad para explayarme sobre lo que quisiera. Yo, por ahora, sigo prefiriendo hablar de libros.
El programa tiene su página web. Ahí pueden encontrar un link para escucharlo en vivo por internet.
En mi primera columna hablé de un libro de Roberto Bolaño: La pista de hielo, editado por Anagrama en 2009. Es, por decirlo mínimamente, una novela donde Bolaño prefigura todo lo bueno que escribirá después. No está reseñado en ninguna de las dos versiones de Ruta León.
En el sitio del programa hay un audio en mp3 con lo que dije el otro día de la novela. Lo pueden escuchar acá.
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Los criterios de la columna son absolutamente discrecionales y poco calculados. Favole, en un acto de generosidad poco común, además de invitarme, me concedió una total libertad para explayarme sobre lo que quisiera. Yo, por ahora, sigo prefiriendo hablar de libros.
El programa tiene su página web. Ahí pueden encontrar un link para escucharlo en vivo por internet.
En mi primera columna hablé de un libro de Roberto Bolaño: La pista de hielo, editado por Anagrama en 2009. Es, por decirlo mínimamente, una novela donde Bolaño prefigura todo lo bueno que escribirá después. No está reseñado en ninguna de las dos versiones de Ruta León.
En el sitio del programa hay un audio en mp3 con lo que dije el otro día de la novela. Lo pueden escuchar acá.
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Varios
Notas al pie de la vida
"Yo creo que soy un filósofo, pero precisamente por acá surge el problema y la resistencia. Creo que para ser filósofo, uno tiene necesariamente que romper con la Academia. Me parece que uno tiene que generar espacios propios. Ser filósofo es tener un pensamiento propio e intentar crear conceptos. Los grandes filósofos han generado conceptos. Esa es una de las bases de la filosofía: la generación de conceptos. Un filósofo no es un tipo que repite sistemáticamente y escribe notas a pie de página de Hegel. Eso será un buen profesor de filosofía quizá, pero no un filósofo. Si uno ve la historia de la filosofía con su riqueza ve que hay conceptos bellísimos. Hermosos. Ese es el goce del filósofo: construir una conceptualidad propia."
Luis Diego Fernández acerca de lo que significa, sí, ser un filósofo. Extracto de la entrevista que compartió junto a Tomás Abraham. Más respuestas, acá.
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Luis Diego Fernández acerca de lo que significa, sí, ser un filósofo. Extracto de la entrevista que compartió junto a Tomás Abraham. Más respuestas, acá.
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Quemando teclados
jueves, 18 de marzo de 2010
Bajo este sol tremendo, de Carlos Busqued
Lo normal sería que luego de un debut literario tan auspicioso, en los próximos diez años Carlos Busqued escribiera dos o tres novelas que estén a la altura de su gran primer libro: Bajo este sol tremendo, y que con eso comenzara a erigirse en una de las voces más representativas de la literatura argentina.
Pero Busqued no parece ser un escritor del todo normal. En los últimos meses le hicieron varias entrevistas, luego de que la crítica coincidiera en que su novela, editada por Anagrama (fue finalista del Premio Herralde), es una de las mejores publicadas en 2009, con todo lo relativo que restula el término “mejor” aplicado a la literatura. En esas declaraciones no tuvo empacho en decir que no sabía qué libro recomendar porque se la pasa leyendo revistas, y que escribe más bien cuando tiene ganas de hacerlo, despojado de toda disciplina.
Busqued nació en Coronel Roque Sáenz Peña, Chaco, en 1970. Trabajó en radios y escribió en alguna que otra publicación de Córdoba, lugar donde vivía cuando mandó a concursar su novela. Antes de Bajo este sol tremendo, era un completo desconocido.
El libro cuenta la historia de Cetarti, un joven al que no cuesta imaginar parecido a Busqued; un día Cetarti se entera de la muerte de su madre, que vive en Misiones; la mujer muere en circunstancias poco claras, todas con el signo de la violencia. Él tiene que hacer los papeles y cobrar una herencia. De este disparador inicial, la historia comienza a transitar los ribetes de una road movie con algunos guiños al cine que hace Quentin Tarantino: aparecen los pueblos difuminados en densas oleadas de humedad -es un libro para leer, en este sentido, con el aire acondicionado, o el ventilador a tope; Busqued logra lo que se propone antes de escribir: una atmósfera asfixiante impregna cada página-, una infinita cantidad de porros que fuma buena parte de los personajes, los secuestros extorsivos (los estiletazos de perversidad con que son llevados a la práctica esos cautiverios; la normalidad con que esa puesta en práctica se da), y sutilmente, los ecos de la última dictadura militar, no como tema central, sino como historia lateral deslizada con total originalidad en algún tramo: esto es, significando mucho más que una reseña histórica; una arista disparadora de sentidos que suma a la trama.
Busqued, es evidente, leyó a los beatniks, y el policial negro norteamericano. Lo que equivale a decir que Busqued parece ser más heredero, si tal cosa fuera posible, de lo más corrosivo de la literatura de Estados Unidos, que de alguno de los arquetipos del amplio canon argentino (en todo caso, la inquietante forma que toma la violencia en Busqued tiene que ver más con Arlt que con Borges o Cortázar, por mencionar tres faros-escritores que sirvan de guía).
En el libro, los diálogos están más que logrados. Y consiguen un interesante efecto: la conjunción de algo parecido a una épica del Hollywood más violento y sado con un lenguaje netamente local, con más de un término que remite a palabras y tonos que se usan en el interior del país. Se trata de una prosa precisa, con oraciones cortas, que van directo al grano, uno de los atributos principales del libro, al margen de cómo está estructurada cada una de las escenas (con capítulos de dos a tres páginas), que parecen señalar al Discovery Channel (Cetarti se la pasa viéndolo -Busqued admite que también-) como variante analgésica para la cuenta regresiva al latido final del universo.
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Pero Busqued no parece ser un escritor del todo normal. En los últimos meses le hicieron varias entrevistas, luego de que la crítica coincidiera en que su novela, editada por Anagrama (fue finalista del Premio Herralde), es una de las mejores publicadas en 2009, con todo lo relativo que restula el término “mejor” aplicado a la literatura. En esas declaraciones no tuvo empacho en decir que no sabía qué libro recomendar porque se la pasa leyendo revistas, y que escribe más bien cuando tiene ganas de hacerlo, despojado de toda disciplina.
Busqued nació en Coronel Roque Sáenz Peña, Chaco, en 1970. Trabajó en radios y escribió en alguna que otra publicación de Córdoba, lugar donde vivía cuando mandó a concursar su novela. Antes de Bajo este sol tremendo, era un completo desconocido.
El libro cuenta la historia de Cetarti, un joven al que no cuesta imaginar parecido a Busqued; un día Cetarti se entera de la muerte de su madre, que vive en Misiones; la mujer muere en circunstancias poco claras, todas con el signo de la violencia. Él tiene que hacer los papeles y cobrar una herencia. De este disparador inicial, la historia comienza a transitar los ribetes de una road movie con algunos guiños al cine que hace Quentin Tarantino: aparecen los pueblos difuminados en densas oleadas de humedad -es un libro para leer, en este sentido, con el aire acondicionado, o el ventilador a tope; Busqued logra lo que se propone antes de escribir: una atmósfera asfixiante impregna cada página-, una infinita cantidad de porros que fuma buena parte de los personajes, los secuestros extorsivos (los estiletazos de perversidad con que son llevados a la práctica esos cautiverios; la normalidad con que esa puesta en práctica se da), y sutilmente, los ecos de la última dictadura militar, no como tema central, sino como historia lateral deslizada con total originalidad en algún tramo: esto es, significando mucho más que una reseña histórica; una arista disparadora de sentidos que suma a la trama.
Busqued, es evidente, leyó a los beatniks, y el policial negro norteamericano. Lo que equivale a decir que Busqued parece ser más heredero, si tal cosa fuera posible, de lo más corrosivo de la literatura de Estados Unidos, que de alguno de los arquetipos del amplio canon argentino (en todo caso, la inquietante forma que toma la violencia en Busqued tiene que ver más con Arlt que con Borges o Cortázar, por mencionar tres faros-escritores que sirvan de guía).
En el libro, los diálogos están más que logrados. Y consiguen un interesante efecto: la conjunción de algo parecido a una épica del Hollywood más violento y sado con un lenguaje netamente local, con más de un término que remite a palabras y tonos que se usan en el interior del país. Se trata de una prosa precisa, con oraciones cortas, que van directo al grano, uno de los atributos principales del libro, al margen de cómo está estructurada cada una de las escenas (con capítulos de dos a tres páginas), que parecen señalar al Discovery Channel (Cetarti se la pasa viéndolo -Busqued admite que también-) como variante analgésica para la cuenta regresiva al latido final del universo.
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Lecturas aleatorias
lunes, 11 de enero de 2010
Los pichiciegos, de Fogwill

El 2 de abril 1982 yo tenía siete años. Ese día me despertaron las frases alarmantes de dos de mis hermanas: estábamos en guerra. Las monjas –sus velos blanquecinos, frenéticos en la noticia que acababan de dar– les habían ordenado volverse a casa.
Hasta entonces mi noción de la guerra estaba más bien vinculada a la televisión: soldados yankees como superhéroes; japoneses volando onomatopeyas estruendosas por los aires; alemanes ridiculizados debajo de sus cascos. Tenía otra noción vinculada a la guerra y su parafernalia previa: los acordes pomposos que escuchaba en los desfiles que en la década del 80 sonaban en las fechas patrias en los pueblos del interior.
Cerca de mi casa había mar. En la costa, en los días siguientes, se comenzaron a construir trincheras. Esas trincheras quedaron repletas de soldados. Uno iba a la playa a ver los pingüinos empetrolados que salían por la noche a pedir ayuda (siempre alguien se los llevaba para limpiarlos) o durante el día a ver las toninas surcando la costa. Iba –te llevaban– bien abrigado, porque hay que ser bastante valiente para ir a la costa por la noche en las playas de la Patagonia austral después de marzo. (En verano también hay que ser valiente, pero el frío se soporta un poco mejor. El frío: ese espasmo que deja al bañista sin palabras por algunos minutos; el relato posterior: los comentarios acerca de la piel morada, los labios azules, el viento y los aguijonazos de la arena que arrastra; la fe previa a que la conjunción de sol y playa es suficiente para internarse en medio de una ola; la desmentida posterior).
Lo concreto es que los soldados, unos soldados que se preparaban para la guerrra frente a ese mar, se la pasaban en las trincheras. Miraban casi suplicantes mientras hacían esas trincheras. Ibas al mar, y los veías cavando, cruzando alguno que otro chiste, fumándose un cigarrillo. Pensando que fumar un cigarrillo puede quitarte el frío, cuando lo único cierto es que en todo caso te acerca más a la muerte –el frío por definición–.
En todo esto, y en cómo la propia experiencia amplía el espectro de sensaciones de una lectura, pensaba cuando leía el otro día Los Pichiciegos, de Fogwill. Me hice esa pregunta y otra: ¿Por qué nadie todavía hizo una película con esta novela?
La historia del libro es poco menos interesante que la de su trama. La leyenda cuenta que Fogwill lo escribió en San Pablo, Brasil, y que hizo un par de copias. Las distribuyó entre amigos cuando la guerra estaba a punto de terminar. Buena parte de lo que se dice del libro está relacionado con su poder de anticipación. Entre otras cosas, describe (antes de que trascendiera públicamente) casi de forma exacta, parte de las tropelías y el maltrato padecido por los soldados de parte de los altos mandos. Esto, si bien es cierto, no es lo más importante de una novela que lo que menos quiere es ser un documento. Como en los grandes libros, los personajes tienen una vida propia que excede cualquier posibilidad de realismo: se instalan sobre un peldaño superior: el de la poesía –en un sentido amplio- y el de la belleza –un atributo con el que están dotadas buena parte de las escenas–.
Desde entonces, hubo al menos tres ediciones de la novela, y es uno de los textos insoslayable de los últimos 30 años de la literatura Argentina.
Cuenta la historia de un grupo de soldados (los Pichis) que están en Malvinas, y subsisten escondiéndose en una gran trinchera subterránea, en medio del campo de batalla.
Están tapados por la tierra, como si fueran unos topos cuyo único ruego es el final de la guerra: para volver a casa, para comer bien, para sacarse la mugre y la ropa húmeda y fría de encima por una vez. Nadie puede verlos. Tienen su entrada secreta a esa trinchera. Viven y para poder vivir se convierten, necesariamente, en traidores: tranzan con los ingleses como estrategia de subsistencia (uno de los ejes más interesantes de la novela es la alusión a cierto enemigo interno que “los argentinos”, más temprano que tarde, siempre traemos al ruedo; en este sentido es casi una alegoría de, sobre todo, la última historia política argentina).
Los pichis, que tienen todo un escalafón, con sus jefaturas y sus soldados acopiadores de alimentos, con sus excursionistas, y con sus encargados de entrevistarse con las tropas británicas, cambian información por alimentos y unas cuantas cajas de cigarrillos, mientras esperan el fin de la guerra, que ellos escuchan desde abajo de la tierra.
Se dice que Fogwill, en pleno proceso de canonización (hace un par de meses Alfaguara editó sus Cuentos Completos, a los que la crítica describió como parte de lo mejor del género en muchos años) escribió esta novela de un tirón, en dos días y medio, consumiendo 12 gramos de cocaína (algo poco recomendable para escribir un libro, o hacer culquier otra cosa). Ese ritmo frenético se traslada al de la lectura del libro, un compendio de momentos y diálogos difíciles de olvidar. También está el whisky que pudo tomarse un general antes de querer recuperar las islas, pero sólo como intuición de un momento histórico y lo que un escritor puede hacer con él cuando busca algo que sólo se explica por el peso de la buena literatura.
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